Antonio Rodríguez-Almansa (1910-2010) fue testigo de los hechos que durante un siglo transcurrieron en la Historia de España. Este pintor sevillano, y ateneísta, obtuvo un gran éxito en el género de los retratos al óleo, con diversidad de temas y personajes. La figura y lo figurativo son constantes en su obra, de gran habilidad consiguiendo resaltar con la pasta y los pinceles el volumen de los cuerpos, también destaca de su estilo, el tratamiento de las luces y las sombras, así como un virtuosismo en el dibujo que hacen que las figuras pesen en la medida de sus proporciones.
En la década de los 40 forma parte de una generación de pintores de la escuela realista sevillana que reinterpretaba la tradición bajo una óptica expresionista. En 1948 comienza su carrera en el camino de las exposiciones a nivel nacional y local: salón Cano de Madrid, Bienales de Marbella y Málaga, salones de la Primavera y de Otoño de Sevilla. El erudito sevillano, José María de Mena, destacaba la labor de Rodríguez de Almansa como “continuador de una tradición española”, aludiendo con ello no solo a los clásicos barrocos, sino también al impresionismo del XIX y al costumbrismo de principios del XX.